Subes. Intentas no quemarte en la subida. Regulas. Pero el cuerpo se te calienta, notas cómo los gemelos se hinchan y buscan palancas y otros juegos físicos en las piernas. Te pesa el culo. Da igual cómo estés, el culo siempre está ahí para pesar y para recordarte que la carretera pica hacia arriba.
Llegas al llano y los pulmones se estiran lo más que pueden y ayudan a los ojos a ver todo más claro. Puedes dar zancadas más largas, relajar gemelos y tendones y seguir marcando ritmo. Llevas ya doce kilómetros, los tobillos se resienten. Si pudieran crujirían y recuerdas miles de anuncios de productos antioxidantes que siempre consideraste una estafa para amas de casa gordas, y que ahora te habría gustado probar, en lugar de tanto ron y tantos porros.
Te duele la rodilla y los dos tobillos. Cada paso espolvorea la tierra alrededor de la zapatilla. Da igual la marca, ninguna corre por tí. A pesar de lo que digan. Plof, plof, plof, como si cayera eternamente el coyotedesde lo alto del acantilado, en su lucha por perseguir al correcaminos. Plof. Nos enseñaron a que nos cayera bien el coyote. El perdedor. Menudos hijos de puta. Dejad a los ganadores, no queráis serlo, tranquilos. Bien, mientras te cagas en la filosofía barata, no piensas en lo cansado que estás. Fundamental: distraerte.
Aparece tu amigo el flato. Por si fuera poco. ¿Qué cojones es el flato? Pues algo que te jode la carrera, te acuchilla desde el centro-derecha de tu estómago y se alza, poco a poco, hasta el hombro derecho. y se queda un buen rato. Te hace retorcerte, pero debes mantener el ritmo: pum-pum, pum-pum.
De repente, con la mente en blanco, con las distracciones agotadas, intentando pensar en algo que te haga olvidar cómo maltratas tu cuerpo durante hora y pico, cada día, aparece ella. Es un recta. Pero no una recta cualquiera, mide casi mil metros, se ve interminable y es lo único que te faltaba para destrozar tu, ya maltrecha, moral. ¿Qué coño haces corriendo? ¿Es por salud, por las chicas, por sentirte jóven? ¿Por qué no estás tomando un cerveza a las ocho de la tarde, como todo el mundo? ¿Qué te impide parar? Nada. Absolutamente nada. Si al llegar a esa recta no te paras para tomar aliento, es porque quieres, porque nada ni nadie te lo impide. ¿Por qué lo haces, entonces?
Probablemente porque la única persona a la que no engañarías es a tí. El axioma implica que a todos los demás sí. Lógico. Y por otra cosa. una especie de puntito blanco que te hace tirar hacia adelante, cuando tu cuerpo y tu mente te piden que pares. Ese puntito aparece en China, tras el terremoto, en ese campesino que le levanta para recoger los restos de su familia, medio podridos en el fango. Ese puntito es el que hace que también la caguemos. Es el puntito que vió Caín cuando echó mano a la quijada. Eso.
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