Perros

24 05 2008

Madrid y Lavapiés son dos lugares de los que recelé. Bueno, a priori. Osea que sería un prejuicio… o dos. Y ahora me duele irme. Me voy porque quiero y necesito. Por ellas y por mí. Pero no me marcho, me arranco. He vivido aquí cuatro años de soledad: la que quise, y la que no. Y en las dos me he sentido agusto. Esta ciudad es un sitio que provoca la ficción de que perteneces, y que te deja ser -que no hacer-. Definitivamente soy un nómada, y sólo a los nómadas les cuesta partir. Además, cuando los nómadas nos vamos, los sitios se despiden, y lo hacen todo más difícil. Madrid es el mejor sitio para que te apetezca estar en otro. El mejor.

Ladra el perro y los pájaros se dan un festín, cuando a la hierba le da por delimitar los charcos de la ciudad que te llora. Llorarla a ella sería demasiado. No puedes permitir que otra urbe te vea así los ojos. Como mucho, alguna foto.

En una mano tengo un libro y en la otra un porro, y los chavales sólo paran para pedirme el porro. Algo he/hemos hecho mal. Lo sabemos, y por eso decimos que no al porro y a la pregunta.

Los dueños ladran más que el perro, y los perros están cansados de que el ídolo de la tele se forre conjugándoles. Leo a García Montero -otro nómada de Madrid- que insinúa entre versos que las miradas se pueden alargar, y me quedo temblando en el parque. ¿Por qué nos educan en la prosa?


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