Avenida de Burgos

26 05 2008

Hay pocas cosas que molen más absurdamente, que un primer día de trabajo -excepto si eres sicario, enterrador, o inspector de Hacienda (y Aznar lo fue)- porque todo está por estrenar. Todavía no sabes quién es el gilipollas, quién te dará más problemas, quién será el completo inepto -aunque el jefe parte con ventaja, por su condición de tal- y todavía no atisbas la quemazón que te llevará a largarte.

Pero sabes que, con el paso del tiempo, acabarás con la panza negra, como la de la tostada que olvidas mientras te afeitas, y que acaba carbonizada, mirándote desde la sartén con esa cara de “¿Por qué no has cuidado esta relación?” (lo que la convierte en una tostada muy tostada, radicalizada, llevada al extremo, al integrismo del Bimbo…).

A mi lado, en la cafetería, tres jefes -tienen pinta, por lo que hay un jefe y dos estafadores- se meten tres porras entre pecho y espalda. Dicen que somos lo que comemos. Pues eso. 


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