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Perder
La derrota es lugar un donde nadie quiere estar. Por eso en la derrota los poros de las paredes se convierten en ventanas por donde saltan los cobardes al grito de “mariquita el último”. Y el último es mariquita, sarasa, homosexual, gay o invertido, pero valiente. La rotundidad del seleccionador italiano, Roberto Donadoni, lejos de ser uno de aquellos arranques de conservadurismo legendario de nuestro Clemente, supone un paso adelante en la lucha por lo cabal, batalla perdida en un deporte como el fútbol, en un país como Italia.
La prensa pide su cabeza y el país se lamenta del resultado frente a Holanda, que ha dejado a la campeona del mundo con una media estocada baja. A posteriori, todos vemos los partidos con una nitidez pantallaplasmática, pero las cosas no son así. Antes de que los oranges sacudieran tres latigazos eléctricos que hundieron a un centro del campo a la deriva, antes de que el colegiado abriera, con su silbido, los 90 minutos más horribles para los azzurros de los últimos veinte años, cualquier tifossi hubiera puesto la mano en el fuego por los once elegidos para defender la elástica transalpina.
Depués del partido, cuando el colegiado mitigó el castigo -injusto, por momentos, aunque hablar de injusticia en esto del balompié, es hablar de justicia esférica, un absurdo- y pitó el fin de la crueldad, sus compatriotas no esperaron para echarse como lobos sobre el cuello de Donadoni, dando dentelladas que sólo cesaron para reclamar la vuelta del anterior entrenador, Marcello Lippi, el que los hizo campeones.
Si Di Natale hubiera lanzado el derechazo un poquito más abajo en el minuto 4, Italia se hubiera puesto 1-0 y ni dios hubiera perforado la meta de Buffon. Eso lo sé yo, lo sabe Donadoni, lo saben cincuenta millones de italianos, y cualquiera que entienda un poco de ésto. Gatusso, Ambrossini y Camonaresi se hubieran convertido en un muro infranqueable, y al guardameta de Massa-Carrara, le hubieran llegado los tiros holandeses blanditos, después de tener que haber pasado el diezmo que imponen Materazzi, Panucci o Zambrotta. La historia hubiera sido la de siempre. incluso, con Holanda zozobrando, sacrificando miedo por velocidad, hubieran cazado otro a la contra. Seguro.
Pero el tiro salió fuera. Y cambió la historia. El centro del campo neerlandés se hizo fuerte, sentó a Pirlo en el banquillo de los acusados, y la confianza unió a la naranja como la glucosa, hasta convertirla en mecánica otra vez. Quienes hemos jugado a ésto, conocemos esa sensación. Cuando las cosas empiezan mal, todo es más complicado, la derrota se va construyendo cada minuto… el gol imposible de Sjneider, las alas que le surgieron a Gio… Cuando palmas, todos los rebotes le van al contrario, a todas partes llegas tarde.
Me alegro, porque era hora de que Italia recibiera de su propia medicina, pero me entristece ver a Donadoni cabizbajo, en la soledad del que pierde, señalado por un inmenso foco, prendido por la luz que estalla de la mediocridad de cincuenta millones de italianos, que simulan ignorar lo que ocurrió sobre un césped centroeuropeo.
PD: No es la primera vez que la azzurra palma por tres goles, la gran Brasil del 70 ya les dió lo suyo
1 comment Junio 11, 2008