Es la palabra de moda desde siempre en el mundo de la publicidad. Hoy he conocido a un tipo que asegura que te puede convertir en alguien de éxito. Para él alguien de éxito es alguien que tiene tiempo, y tener tiempo es tener dinero. El te lo garantiza, te hace un contrato, dice. A cojonudo no le gana nadie.
Los charlatanes son tipos que han sido capaces de sobrevivir a todo tipo de economías, y que lo siguen haciendo. No quiero hacer sangre, porque estoy seguro que no es consciente de casi nada, y porque no me apetece mucho escribir hoy. Sólo lo voy a asemejar a este vídeo. Apunto: la OCU es el nuevo sindicato.
Leo esta noticia, y tengo la sensación de que las fórmulas de llegar al consumidor dan un poquito de grimaldi. Por un lado, los caminos parecen agotados. Los creativos de agencias que cobran un pasta indecente se reúnen en salas muy chulas, con teléfonos móviles tan caros como las monturas de sus gafas, para decidir que van a realizar una campaña que mola un pegote y que consiste en invadir el espacio de la gente.
Por si resultara poco puto coñazo tener que cerrar las pestañitas y vídeos publicitarios de nuestras páginas favoritas, ahora salen a tocarnos los cojones a la calle. Al final la estrategia comercial del Círculo de Lectores, va a ser puntera y todo. Se pone de moda el flash mob, todo dios con los flash mob. Se pone de moda personalizar las calles -falso, invadir con estilos, logotipos y slogans-, todo dios a personalizar las calles.
Con el tiempo me he convertido en una especie de Bruce Waine que, por el día sugiere la privatización, o el patrocinio, de los espacios públicos buscando consumidores, y por la noche intenta que los ciudadanos se sientan más esto que consumidores, y asuman la responsabilidad que tienen en los espacios públicos.
Entre estas cuestiones bipolares, la nueva temporada de Mujeres Ricas -siempre me sonará pedante lo de “nueva temporada”-, el hit de El Sociamedia y Olé, y Farysquare, mi vida se está conviertiendo en un caos del que sólo me pueden salvar los pastelitos pakistanís que me compra mi mujer. Eso es amor.
Viernes por la mañana, despacho del director, reunión de contenidos del fin de semana. La radio estaría sostenida por los deportes, además de por el redactor jefe de informativos y por mí, como representante de los magacines. El director nos comenta que la noche anterior estuvo en la presentación de un coche de gama alta, y que le dijo al director del concesionario, canapé en mano, que al día siguiente en la radio se hablaría de su coche. Me pide que haga una pequeña pieza para el informativo. Silencio.
Tras unos segundos y un par de miradas al redactor jefe, el Alberto que entraba en la veintena, dormía con No Logo, y que estaba destinado a liderar la Gran Revolución Mundial, con finas palabras, se mete en mi cuerpo y comenta que no entiende por qué hay que meter en un informativo publicidad encubierta. la respuesta del director tiene bastante peso en cualquier empresa: “porque lo digo yo“.
Le dije, ante el silencio y la mirada perdida del redactor jefe, que me parecía una burla al oyente y, que si quería un publireportaje, se lo hacía de mil amores, pero que meterlo en la escaleta del informativo era un acto de mezquindad, que comprometía nuestra credibilidad. El director se apoyo sobre la mesa, y con la sonrisa de los que estrenan poder, me espetó que se le ocurría una idea mejor: que le hiciera un reportaje en mi programa.
El espacio radiofónico que firmé ese sábado, fue lo más parecido a ver cómo un japonés le pega un lingotazo al shake momentos antes de lanzar su avión contra una base norteamericana en la Segunda Guerra Mundial. Un suicidio ante veinte mil oyentes, de doce y diez, a dos de la tarde, en la noventa y nueve punto cinco de su efe eme. Fue el comienzo del fin.
El otro día, viendo el Show de Truman, además de acordarme de una afamada exmujer de un torero -de la que hablo en el próximo artículo en esedosuno-, pensé en lo que ha derivado mi carrera profesional. Intentar que la publicidad forme parte de la vida de las personas, tiene algo de aquella mañana en aquel despacho. Sólo el cinismo puede sacarme del chocho en el que estoy metido.