Aspiracional

Es la palabra de moda desde siempre en el mundo de la publicidad. Hoy he conocido a un tipo que asegura que te puede convertir en alguien de éxito. Para él alguien de éxito es alguien que tiene tiempo, y tener tiempo es tener dinero. El te lo garantiza, te hace un contrato, dice. A cojonudo no le gana nadie.

Los charlatanes son tipos que han sido capaces de sobrevivir a todo tipo de economías, y que lo siguen haciendo. No quiero hacer sangre, porque estoy seguro que no es consciente de casi nada, y porque no me apetece mucho escribir hoy. Sólo lo voy a asemejar a este vídeo. Apunto: la OCU es el nuevo sindicato.

El despacho de Truman (y II)

Leo esta noticia, y tengo la sensación de que las fórmulas de llegar al consumidor dan un poquito de grimaldi. Por un lado, los caminos parecen agotados. Los creativos de agencias que cobran un pasta indecente se reúnen en salas muy chulas, con teléfonos móviles tan caros como las monturas de sus gafas, para decidir que van a realizar una campaña que mola un pegote y que consiste en invadir el espacio de la gente.

Por si resultara poco puto coñazo tener que cerrar las pestañitas y vídeos publicitarios de nuestras páginas favoritas, ahora salen a tocarnos los cojones a la calle. Al final la estrategia comercial del Círculo de Lectores, va a ser puntera y todo. Se pone de moda el flash mob, todo dios con los flash mob. Se pone de moda personalizar las calles -falso, invadir con estilos, logotipos y slogans-, todo dios a personalizar las calles.

Con el tiempo me he convertido en una especie de Bruce Waine que, por el día sugiere la privatización, o el patrocinio, de los espacios públicos buscando consumidores, y por la noche intenta que los ciudadanos se sientan más esto que consumidores, y asuman la responsabilidad que tienen en los espacios públicos.

Entre estas cuestiones bipolares, la nueva temporada de Mujeres Ricas -siempre me sonará pedante lo de “nueva temporada”-, el hit de El Sociamedia y Olé, y Farysquare, mi vida se está conviertiendo en un caos del que sólo me pueden salvar los pastelitos pakistanís que me compra mi mujer. Eso es amor.

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