Estaba en la ducha pensando que todos hemos tenido amigas feas. Sí, amigas del cole, de las que son un poco machorros porque, al ser feas, tienen que venderse ante nosotros, y dicen que les gusta el básket y todo eso, pero que luego, cuando les llega la edad de ponerse cañón, y a tí de que te empiecen a causar algo más que repulsión -¿Por qué todas las niñas gritaban tanto?-, no acaban de ponerse lo cañón que deberían. Ni revólver y, si me apuras, ni tirachinas .
Al secarme me da un bajón de azúcar, o una subida de glucosa, o la putasumadre, debido a mi fin de semana de excesos. Ya no tengo edad, pienso en el sofá, sin poder levantar el mando para poner la tele. La máxima expresión de la impotencia es no poder poner la tele. Y querer. Y ese silencio que crea la no-tele, que te come por los pies. El viernes le dio el jamacuco a la Esteban (nótese el esfuerzo por campechanizar el blog) y hoy a mí. Me ahogo y tengo que salir, como sea.
Es domingo, me tiro a la calle y cuando antes he dicho lo de salir como sea, es porque es como sea. Al regresar recopilo todas las caras del barrio, que me han ofrecido semejante colección de gestos de sorpresa, y el espejo me devuelve la respuesta. Vaya careto. Lo musito, ni lo digo. Y me he puesto la camiseta al revés, con la etiqueta para fuera. Jo.
Vuelvo al sofá y doy tragos al Aquarius como si me creyera todas las propiedades que dicen que tiene, y me encuentro mejor. Con el paseo se me han hecho algo mayores los pulmones, y se me ha pasado algo el ahogo. Me llama Paula y claro que no quiero que venga. Osea quiero que esté aquí, pero no que venga desde Moratalaz o vete tú a saber. Debería estar aquí. Alguien.
Y el sofá se convierte en el asiento de Fernando Alonso, o de otro que corra más, porque a velocidad de vértigo me llega la clarividencia. Las clarividencias, que en mi vida han sido pocas, siempre me llegan a velocidad de vértigo y estoy hasta la polla, me gustaría algo más mesurado, más mejor, más Luis XVI, pero bueno. No puedo seguir viviendo solo.
A ver, que me gusta vivir solo, y creo que tiene más ventajas que inconvenientes. Lobo estepario, pues no, joder, no soy lobo estepario, odio a la humanidad, pero me llevo bien con ella, soy un tío amable, molo, nada de lobo estepario ni pollas, que me da la sensación de un desaliñado que huele a rata muerta. Guay, osea soy un tío guay, pero que me gusta la soledad. Y no soy raro. Bueno, pensad lo que os salga de los cojones.
Total, que no. Que tengo que buscar a alguien. En mi oficina hay mogollón de gente, que gana mucho más que yo y que comparten piso, por huír de la soledad. Hace un jamacuco pensaba que eran gilipollas, pero ahora. ¿Si me da algo? Quiero decir, que me de un infarto, ya no soy tan joven. No es ninguna gilipollez, hay estudios que… ¡O me resbalo en la ducha! o me electrocuto con la antena de la tele, o algo. Cadaver, os lo digo. Cadaver y pudriéndome hasta que un vecino se medioentere. Joder.
Tengo que hacer algo. Ya no sólo compartir gastos, es una cuestión de supervivencia. Desde el domingo, cuando salgo a correr, llevo el teléfono de mi madre escrito en un papelito, en un bolsillo del pantalón. En el Retiro, ya me han dado chungos, imagina que me da uno gordo, que me quedo en el sitio ¿Qué hacen la gente? ¿Me donan al museo de aficionados al footing? ¿A quién llaman? ¿Quién sabrá que me ha pasado algo y, sobretodo, cuándo lo sabrán? ¿Habrá moho sobre mi cadáver, o me comerá la perra?, como aquel señor de Estados Unidos, devorado por su perro tras morir, porque nadie lo supo hasta tres días después.
Tengo que encontrar a alguien. Mediocompatible, tampoco pido enamorarme ni eso. Llevarse bien. No hablar del tema ¿Qué tema? ¡Coño el tema muerte!, osea no hablar de ello, pero sí que esté medioimplícito. Aunque sea llamaré a la fea del cole. Igual no tanto. Tengo una edad. La llamaré.
PD: gracias Fernando por el copyright.
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