El desayuno católico de SPCB
febrero 5, 2010 2 comentarios
David se despierta, como cada día, bien tempranito. Lo que mola de las historias, es que el tiempo, y sus narradores orales, las convierten en comerciales, y se saltan todas las minucias, como que el propio David no sólo vió a Goliath el día que le cascó el piñazo, sino que se veían todos los días. Hoy, en concreto, nuestro protagonista no pudo acceder al metro para ir a trabajar en su buffete, puesto que el gigantón tenía puesto el pie sobre la entrada. Un grupo de personas esperaba a que Goliath se moviera lo más mínimo para poder entrar al subterráneo, y hacían tiempo mirándose sin mirarse, como se mira la gente en un ascensor.
Al fin todos accedieron al metro. David, escuchando una vieja canción de Pulp, se preguntaba si al puto gigante le habría dado por moverse un poco y dejar reposar el pie en la boca de metro que correspodía a su salida, porque le habría hecho el día. No fue así, pero llegó tarde y al poner excusas, recibió un cortante “no es nuestro problema” por parte del muy desagradable jefe de personal (que siempre ha parecido un cargo como muy cañí, por aquello de que manda sobre´l pers-so-nal).
Como no era, ni la primera, ni la segunda vez que el gigante de la ciudad sodomizaba directa o indirectamente a David, al que podríamos considerar incluso alto para los de su especie (de ahí el componente de tragedia griega del tema), decidió tomar cartas en el asunto, y planteó una negociación colectiva basándose en los estatutos de los Seres Normales, y en las necesidades y cuota de poder que, pensó, le eran imprescindibles a Goliath para vivir satisfecho.
Cuando se estaba acercando con su minúsculo coche (un Supercinco) al lugar donde vivía el gigante, paró a una chica que hacía autostop. Era Cristina Urgel. Fue subir la chica en el coche, y bajar el cerebro de David, que se concentró, y mucho en realizar todos los movimientos básicos con un mínimo de coordinación para no parecer gilipollas ante la damisela. Hablaron de estupideces hasta que ella le preguntó hacia dónde se dirigía, y él confesó que a cargarse al gigante. Le pareció mucho más atractivo que “a plantear un convenio con un señor poderoso”.
Como quiera que ella se mojó con la frase, y él fue consciente de ello, no había marcha atrás, así que ese Supercinco que quemaba gasoil por un tubo, de manera literal, iba directo al encuentro mortal con Goliath. Aparcó, ella se quedó, como en toda fantasía varonil, en el coche esperando. David preparó la onda y Goliath se le quedó mirando flipado. Ante la primera piedrita el gigante se partió de risa y aplastó a David con su dedo entre los sollozos de Cristina Urgel, en el Supercinco.
Y ahora se me plantean dos finales:
a)A LA AMERICANA: De repente el solar en el que se produce la pseudobatalla se llena de policías americanos, bomberos, miembros del ejército, con helicópteros y demás, y le tiran al gigante una bomba de neutrones que aniquila toda forma de vida en diez kilómetros. Cristina Urgel se salva porque se había tomado una increíble pastilla antibombas nucleares, y se casa con el más apuesto de los militares (que además, tiene libros en casa).
b)A LA EUROPEA: Goliath es, en realidad un egocéntrico incomprendido, que no ha sabido gestionar su poder porque ha mamado superioridad desde la cuna. Inicia encuentros sexuales con Cristina Urgel, hasta que la sociedad, a través de cuatro personajes arquetípicos, le vuelve a dar la espalda al traicionar valores como la tradición, la familia o el igualitarismo. La pareja se tiene que exiliar a Francia, donde mueren de sobredosis.













