tiro con defecto
junio 30, 2010 2 comentarios
Nos movemos en un ramillete de tópicos que nos permiten reducir la actividad neuronal a la mínima expresión. Uno de ellos, de los más graciosos, responde a la pregunta de si te consideras católico. Los cánones del español medio mandan decir “sí, pero no creo en la Iglesia“. Viene a significar lo mismo que decir que te gusta la zoología si no fuera por los animales. Este Mundial nos pone a huevo comentar que nos gusta el fútbol, pero no la FIFA.
El balón del mundial, recoge la tendencia que inició Nike reduciendo el peso, y coloca a Adidas en la línea que separa lo comercial con la incidencia en el juego. El balón ha demostrado que corrompe tiros y pases, que ignora cualquier tipo de estabilidad y que ha desnaturalizando las trayectorias. Ninguna selección vestida por la marca alemana se ha atrevido a criticarlo, públicamente, excepto Maradona que, cómo no, va a su bola.
Los medios han sacado la polémica lo suficiente para que todo el mundo sepa el nombre comercial del modelo de balón (venderlo: que hablen de mí, aunque sea bien), pero nadie ha salido a decir la verdad de la pelota: es un balón de playa indigno para una competición. Adidas pone mucha pasta en publicidad. Todos callados.
Nike, probablemente siguiendo los dictados de los fans del hokey de sus oficinas de Oregón, ha hecho que el Atlético de Madrid varíe el tamaño de las rayas de la camiseta, o la parta en dos mitades, roja y blanca. Lo mismo ha sucedido con el Barcelona, que este año vestirá con pantalones rojos ¿?, o el Valencia, que ha pasado de sus medias negras, a las blancas. La selección tampoco ha escapado a los cambios sangrantes que se pasan la tradición al segundo plano, al cambiar las medias de negras a rojas.
El mayor escaparate del mundo lo es para lo bueno y para lo malo y, en el caso del famoso Jabulani, ha quedado retratado ante millones de espectadores como una mierda pinchada en un palo. Los responsables miran hacia otro lado, como hacen los árbitros que ven sus flagrantes errores repetidos en las pantallas gigantes de los estadios. Cuando la sociología se acerca a los orígenes de los conflictos bélicos, casi siempre se intenta intelectualizar todo un sistema que, en realidad, muchas veces se reduce a eso: la incapacidad del ser humano de reconocer sus propios errores.
PD1: ¡Cómo está Llorente! ¡Gora!
PD2: La huelga de metro es la demostración de que pase lo que que pase, la gente jamás se movilizará ante ningún tipo de injusticia. Banqueros, tenéis carrete.
PD3: Talento en la red
Parece que se pretende borrar el pasado de Carla Bruni. La primera dama francesa ha puesto a trabajar al Gabinete de Quitar Cosas de Internet, y pretende que se elimine un vídeo que recopila imágenes de su pasado. En particular le molestan algunos extractos de entrevistas, de entre la que destacamos una, en la que, explicando sus técnicas de seducción -como si necesitara de eso- lanzaba una serie de frases en diversos idiomas. En castellano acertaba a decir “¿Te gustan mis domingas?“. Qué tierna la tía. ¡Y qué cuestionamiento más directo! Dice mucho a su favor.
Cada seis segundos muere de hambre un niño en el mundo. A mí me da igual y a vosotros también. Sois así, asumidlo, no pasa nada. O sí que pasa, pero os da lo mismo y a mí también. A los líderes les importa un huevo el cambio climático, los chinos y Obama (que es americano, pero menos) lo han demostrado este fin de semana. La corrección política es casi todo lo que nos dicen los profes en el cole. ¿Dónde están las letras “ores” y “gio” de la frase anterior? En el espacio intermedio. El cinismo absoluto es nuestra forma de vida, y entre medias tenemos un espacio de cierta bondad que padece alopecia.
Porque me metiste el jodido gusanillo. Porque me sentabas a ver a Maradona por tus santos cojones. Aunque no me gustara ver a esos señores pululando en la hierba. Lo tenía que ver porque sí, como una especie de legado, como tu principal aportación a mi crecimiento. Como el calcio y el hierro. Y las vitaminas B7, B3 y otras. Porque me llevaste al Molinón a aprender a sufrir y a querer a los que siempre les sale cruz. Porque me enseñaste que al Oviedo no hay que odiarlo, pero sí mirar con recelo a las camisetas vetustas. Me hablaste de respeto, de dignidad, de inteligencia, de elegancia, de atrevimiento, de pelea, de lealtad, sobre una mesa verde de 105 por 65 metros.








