Universidad primada
junio 2, 2010 8 comentarios
Media del instituto seis con siete. Levantar el hostiazo del primer curso me costó sudores. Media de la selectividad seis con siete. El tres en mates me hizo polvo. Y el robo en economía. Tenía un diez y me cascaron un ocho con dos. Ni revisión, ni leches. Media total seis con siete, nota de corte para periodismo seis con ocho, fenomenal. No parece un buen prefacio para alguien que ha nacido para contar cosas, aunque sean cosas que pasan por uno mismo.
Entré en la radio con dieciocho y estuve tres años aprendidendo y haciendo pasillos antes de dirigir mi propio programa grande. Aprochechando cada hueco. Deportes, magacines, musicales, informativos, incluso formé parte del equipo comercial. Podría poner una emisora en marcha en cualquier parte, con los ojos cerrados. Precios de las cuñas, sistemas satélite, unidades móviles, centros de emisión, grandes contratos, recursos humanos, programación, comunicación externa… Y en verano llegaban los becarios más o menos espabilados, pero con miedo. Miedo al micro, a quedarse en blanco, a cometer un gazapo. Y desconocimiento a la técnica y a las rutinas. En la facultad veían las mesas de mezclas en fotos, y tenían la cabeza llena de fechas y nombres, pero sin saber si el Congreso es la cámara alta, o la baja.
Aunque suene a tío guay asqueroso, mi escuela fue la propia radio. Escucharla durante años, pensarla. Toda la teoría te la da ser oyente reflexivo, el resto son tres meses. Pero había becarios que se iban como venían y, entonces me alegraba haber seguido con Políticas, esa carrera de futuro. Creo que en periodismo hubiera desaprendido. La gente cree que cuando vas a la Universidad te conviertes en un letrado por ejercitar la memoria durante cinco años, o pagar, en caso de las privadas. La generación de nuestros padres lo cree por el mito que construyeron del lugar al que no pudieron ir, nosotros lo alimentamos por no reconocer el pufo.
Toda esta milonga autocomplaciente y autoexplicativa, viene a colación del post de mi amigo Edu, en el que uno de sus profes se pone los galones para desprestigiar un spot maravilloso:
El garito en el que pinchaba está cerrado. A cal y canto es poco: han tapiado la puerta. Miré el pequeño escalón, que predecía el gran póster que anunciaba que djRob Gordon pinchaba aquella noche una de sus sesiones “vendí la silla de ruedas de mamá”, donde el soul y el pop marcaron el tiempo de las últimas noches largas alcarreñas, antes de que los políticos decidieran que, a las tres de la mañana, o eres tunero, o te vas a tu casa. Esperaba que lo cogiera otro dueño, y que pusiera Rafaella Carrá, y Madonna, y esas mierdas para oficinistas que se disfrazan de divertidos los sábados, pero mira.
Recuerdo que fue en la redacción de una radio local, a la hora en que todo el mundo se iba a casa. Tuve que dormir en la emisora, porque no había combinación posible que me permitiera llegar al matinal. Dormí en el suelo del estudio, con suelo de tarima flotante, y la chaqueta como almohada, porque la moqueta me daba un poquito de asco. El cronómetro del de deportes me hizo de despertador. Pero hasta que pude conciliar el sueño, pasó mucho tiempo.








