Universidad primada

Media del instituto seis con siete. Levantar el hostiazo del primer curso me costó sudores. Media de la selectividad seis con siete. El tres en mates me hizo polvo. Y el robo en economía. Tenía un diez y me cascaron un ocho con dos. Ni revisión, ni leches. Media total seis con siete, nota de corte para periodismo seis con ocho, fenomenal. No parece un buen prefacio para alguien que ha nacido para contar cosas, aunque sean cosas que pasan por uno mismo.

Entré en la radio con dieciocho y estuve tres años aprendidendo y haciendo pasillos antes de dirigir mi propio programa grande. Aprochechando cada hueco. Deportes, magacines, musicales, informativos, incluso formé parte del equipo comercial. Podría poner una emisora en marcha en cualquier parte, con los ojos cerrados. Precios de las cuñas, sistemas satélite, unidades móviles, centros de emisión, grandes contratos, recursos humanos, programación, comunicación externa… Y en verano llegaban los becarios más o menos espabilados, pero con miedo. Miedo al micro, a quedarse en blanco, a cometer un gazapo. Y desconocimiento a la técnica y a las rutinas. En la facultad veían las mesas de mezclas en fotos, y tenían la cabeza llena de fechas y nombres, pero sin saber si el Congreso es la cámara alta, o la baja.

Aunque suene a tío guay asqueroso, mi escuela fue la propia radio. Escucharla durante años, pensarla. Toda la teoría te la da ser oyente reflexivo, el resto son tres meses. Pero había becarios que se iban como venían y, entonces me alegraba haber seguido con Políticas, esa carrera de futuro. Creo que en periodismo hubiera desaprendido. La gente cree que cuando vas a la Universidad te conviertes en un letrado por ejercitar la memoria durante cinco años, o pagar, en caso de las privadas. La generación de nuestros padres lo cree por el mito que construyeron del lugar al que no pudieron ir, nosotros lo alimentamos por no reconocer el pufo.

Toda esta milonga autocomplaciente y autoexplicativa, viene a colación del post de mi amigo Edu, en el que uno de sus profes se pone los galones para desprestigiar un spot maravilloso:

Puertas tapiadas

El sábado por la mañana me hice a mí mismo un recorrido turístico por los lugares de Guadalajara que, para bien o para mal, me han convertido en lo que soy. Lo que sea que soy, que seguro que es algo. Estuve en el cole en el que pasé diez años, apostado frente a las rejas por donde hace mucho ví atravesar a un microscópico y revoltoso gitano, aprendiz de Copperfield, y torcí por la calle de los putis, que bajábamos corriendo tras llamar a la puerta. Me dí de bruces con el callejón donde se pegaron Ángel y Sergio, los representantes testosterónicos del A y el B. Se hicieron sangre y todo.

El campo en el que jugamos el primer partido de la historia de mi equipo es ahora un hermoso y deshabitado bloque de viviendas, cuajado de carteles de “se vende“. Tiene tantos que parece que alguien tendrá que ir a recolectarlos, o se caerá el edificio. Antes era un solar, picado por algunas matas rebeldes, limitado por dos porterías, y adornado por un buen número de boñigas de oveja. Esperaba que construyeran un parque, un polideportivo o algo así, pero mira. Me salta el pilotito de “metáfora”, pero piso el turbo porque sé que se desactiva. Mirar hacia otro lado es una de mis especialidades.

El parque donde dí el primer beso -podría ir al espacio público donde follé por primera vez, pero me parecía algo ruín y miserable incluírlo en tan glorioso tour, así que se cayó del programa- está como estaba. Arizónicas aferradas a la tierra, marcando la disposición rara de los senderos, como para que cientos de parejas se den el primer beso sin que ninguna moleste a la otra. Cuando digo que dí el primer beso, es que lo dí, ella recibió ese noble arte que tanto había ensayado con la almohada. Recuerdo que me empalmé, y eso sí que no lo esperaba, así que me separé un poquito  de la chica, para no parecer un vicioso.

Las puertas de las dos radios me traen escalofríos de madrugones, navajazos, y toneladas de café. El trayecto entre ellas cuenta la historia de una estrella que brilla en degradé, pero que puede pasear con la cabeza alta, y eso no se compra con prestigio -”más vale ser estrella en provincias que uno más en la capital“, me dijo un amigo-, pero nadie ha dicho que no se compre con dinero. Esperaba que, a mi edad, sería ya el nuevo Buenafuente, y mira. Todavía no podría ir a una de esas fiestas de aniversario de promoción, porque me verían como un fracasado. Estoy esperando salir en portada del EP3 para no tener que dar explicaciones.

n53232036999_4798El garito en el que pinchaba está cerrado. A cal y canto es poco: han tapiado la puerta. Miré el pequeño escalón, que predecía el gran póster que anunciaba que djRob Gordon pinchaba aquella noche una de sus sesiones “vendí la silla de ruedas de mamá”, donde el soul y el pop marcaron el tiempo de las últimas noches largas alcarreñas, antes de que los políticos decidieran que, a las tres de la mañana, o eres tunero, o te vas a tu casa. Esperaba que lo cogiera otro dueño, y que pusiera Rafaella Carrá, y Madonna, y esas mierdas para oficinistas que se disfrazan de divertidos los sábados, pero mira.

Mañana cumplo veintiocho años, y pensaba que con veintiocho no sería viejo, pero mira.

Low rendiment

Ezo e asín.

Enrique Cortina, 2007

Me han largado. Ocho días ha durado mi periplo como teleoperador. Como el paso de Ayala por el Villareal. Algo efímero, y absurdo que sería sutil si la acción hubiera sido heroica y me duele la garganta. A última hora han llamado a los nuevos y nos han dicho que bla, y que bla, y no han querido olvidarse de matizar también que bla. Ocho días de tedio, llamadas y descansos de cinco minutos cada hora. Un número primo, un ser intercambiable. Soy la pieza que sobra cuando desmontas y montas un transistor y funciona igual.

El dolor de garganta conquista el oído y me hace una tarde imposible. Mañana tenemos partido de Champions en TVE, y el destino ha querido darme descanso para estar fresco y formar de la partida. Tiene que ser la buena. Si no lo es, me disfrazaré de señor que piensa que la siguiente será la buena, tengo el maquillaje en el baño.

El otro día soñé que presentaba un latenight en directo y al empezar el programa se quedaba a oscuras el plató. Salía del trance con desparpajo, pero por el pinganillo me gritaban que no fuera tan coloquial con los espectadores. Y me despertaba. Ahora sólo me duele la garganta y he descubierto el fular. Siempre me gustaron las chicas que llevaban fular, por el mero hecho de hacerlo. Ahora lo llevo yo y me gusta, creo que he descubierto un complemento que me mola. Será sadismo, no sé.

Quiero volver a hacer radio, quiero hacer algo, no sé.

Cosas en que pensaría si fuera profe de Comunicación Audiovisual (ese pufo)

En la radio siempre hay alguien que habla. Por eso cuando me tocaba currar los fines de semana, o festivos -incluso 25 de diciembre, ó 1 de enero- lo interpretaba como una especie de devolución de favor hacia toda esa compañía en formato FM que llevaba disfrutando desde hacía años. Ahora la cosa ha cambiado. Con el podcast la radio no te marca la hora. Francino puede contar el día de ayer a las tres de la mañana, si quieres. O Patrick de Frutos estar haciéndo su turno a las doce del mediodía. Incluso Juan de Pablos deja de trasnochar para amenizarte el viaje en Cercanías.

Ya no tienes que estar a las nueve de la noche esperando que empiecen Mujeres Desesperadas, porque te lo bajas, y ves del tirón, si quieres, toda una temporada a la hora que te salga de las pelotas. ¿Sólo ventajas? Pues no lo sé. Por un lado nos han metido en la cabeza que nuestro tiempo es tan importante como el de los yupis de los ochenta que veíamos en pelis holiwoodienses de rascacielos. Entendemos por tiempo una especie de contenedor de información. Por otro lado, no sé ustedes, pero yo tengo la sensación de que veo menos. Quiero decir, que si me como la publi interminable hasta que aparece Gregory House a las diez de la noche, tengo la sensación de que veo la serie más que si pillo un DVD con toda la temporada. Si veo una peli en la tele, o en el cine, creo que la veo más que si me la pillo, o me la bajo.

Y luego está que lo ve usted. Te bajas un podcast y lo escuchas tú. Nadie más. Puedes ir entre Sol y Callao con Iker Jimenez calentándote las orejas, y el resto a su bola. Lo mejor de que lo veas tú, es que tú en el espejo eres yo. Sólo. Ni sensación de pertenecia ni nada. Con los libros no lo hemos necesitado. Lo primero porque jamás hemos vivido en un entorno lector, lo segundo porque con la tele tenías la sensación de que había otros tres millones de mongoles arrimaícos a la churrería catódica. Y molaba.

Todo va demasiado rápido. Creo que el G7 debería reunirse y parar el mundo. Sacar un edicto en virtud del cual la gente va a dejar de innovar durante diez o doce años, hasta que reflexionemos sobre dónde estamos y hacia dónde vamos. Que los filósofos, una vez finalizado el plazo, nos pasen unas conclusiones a modo de redacción de dos hojas por las dos caras, y volvamos a poner todo en marcha. Nunca debimos salir de las cavernas.

Un año

deluxRecuerdo que fue en la redacción de una radio local, a la hora en que todo el mundo se iba a casa. Tuve que dormir en la emisora, porque no había combinación posible que me permitiera llegar al matinal. Dormí en el suelo del estudio, con suelo de tarima flotante, y la chaqueta como almohada, porque la moqueta me daba un poquito de asco. El cronómetro del de deportes me hizo de despertador. Pero hasta que pude conciliar el sueño, pasó mucho tiempo.

Trasteé por el cuarto de los cables, adelanté trabajo, y navegué por Internet a tumba abierta. Fue así cuando descubrí aquel concepto y, ciertamente me jode no recordar la dirección. Hablaba de su día a día, muy descarnadamente, con muy poca metáfora. Narraba un entorno friki, de canciones, cómics y  películas. Era un blog. La fascinación que ejerce en mí la narración “a la cara”, es bastante importante. Me pasó con Alta Fidelidad, mi película fetiche, y me pasó con el blog. Y como con la primera, con el segundo pensé lo mismo “quiero hacer uno”.

De robgordon.tk, hasta definitivamentecamp.blogspot.com, y, desde hace un año hoy, la cabecera que precede al post. Un año tan emocionante como cualquier película americana, pero sin mantequilla ni palomitas. Un año de ficciones y fricciones. Un año de humores en código binario. Un año de pequeñas cosas medioamplificadas. Un año de mensajes en botellas. El día menos pensado, llega a cualquier playa. Entonces desearé haber sido agradecido con los lectores.

PD: Siempre he sido mediocre en los cumpleaños…

Próxima estación: Lorca

Ayer iba en el metro y vi a una treintañera leyendo a García Lorca. No soy un flipao de Lorca -a nivel Ian Gibson- pero me mola, es una especie de poeta flamencopop. Su teatro me dice más (el amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín es cojonuda), y su figura es noticia porque van a escavar en la fosa común en la que yacía desde que lo fusilaron los chavalillos aquellos del 36. Se pongan como se pongan y pase el tiempo que pase, sólo con ver a la chica con su libro, puedo saber qué periódico compra, qué emisora de radio escucha, a qué partido vota, qué tipo de pelis va a ver al cine, por qué garitos de mueve, en qué barrios le gusta salir… Se pongan como se pongan y pase el tiempo que pase, cada vez que un político del PP abre la boca -además de que sube el pan- me entra una especie de sarpullido con picor. Bueno, igual yo no soy un ejemplo válido, porque cuando lo hacen los políticos del PSOE me pasa tres cuartos de lo mismo, pero me pica un poco menos.

Este país está dividido, porque un día a un señor se le puso por los huevos (bien pequeños los tenía, por cierto) cambiar los designios que se habían elegido democráticamente y eso, por narices, tiene que salir a flote en cada esquina. Sobretodo cuando en la gran trampa de la Transición, todo se hizo tan mal. En el prefacio de la constitución portuguesa, tras la Revolución de los Claveles, aparece una condena expresa al regímen dictatorial anterior. Aquí no. Es como si no hubiera pasado nada, como si no hubiera habido un golpe de estado ilegal y cuarenta años de represión necia. Es como en esa familia (la mía, sin ir más lejos) en la que hay un problema y nadie lo habla, ergo, no hay solución. 

Nada, pondré la radio y un tío con voz de gilipollas me dirá que ya está aquí el weekend… y a tomar por culo. Jodida ignorancia, jodida irracionalidad, jodida gente que opina sin tener ni puta idea, sin haber dedicado un minuto a la reflexión, de manera gatuíta. Que vuelvan los postulados griegos. Señoras, señores, alzo la copa de Pamperocola al Sol y pido un brindis:

¡¡Por la Tercera República!! (o por la meritocracia)

Miel

¿Qué hago escuchando una tertulia?, ¿Por qué lo hago?, ¿A quién habré matado?

Pues a nadie- respondería de inmediato un tertuliano- porque en este país, estando la justicia como está, estaría usted en la calle a los dos días.

A los tertulianos les encanta tratarse de usted entre ellos. Es como un teatrillo. Podrían petarlo en Almagro. Pero deciden aferrarse a radios y teles con las uñas sanguinolentas hincadas en los estudios y los platós. Hablar de lo mal que está la justicia también les gusta. Siempre va a peor. Y eso que Shakespeare ya comentó algo. ¿Donde habla la gente interesante? … y un perrofaluta de mi barrio se arrimaría y diría “En los bares” y le metería una ostia y le mataría.

Nunca he repartido puñetazos. Una vez, en un partido, estuve a punto, pero Adri me empujó y pensé que adónde iba. A por El Buguer, que tenía a Matew por el cuello. Pero nada. También es cierto, que al ser grande, no me suelo ver envuelto en broncas y tal. Pero he tenido el sueño recurrente de estar en una pelea y, a lanzar el crochet, noto cómo el brazo me avanza a una velocidad mínima, como si venciera una resistencia enorme, como si lanzara el puñetazo desde el interior de una piscina de miel…

Por tanto, creo que si algún día me veo obligado a ello, a lanzar un puñete a alguien, lo haré coaccionado por el recuerdo del sueño, emplearé toda la fuerza posible, y mataré al receptor del mismo. Espero que sea un tertuliano.

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